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Cuando los niños aprenden que
la felicidad no se encuentra en lo que una persona tiene, sino en lo
que esa persona es.
Cuando aprenden que dar
y perdonar es más gratificante que quitar y vengarse.
Cuando aprenden que el
sufrimiento no se mitiga con auto-compasión, sino que se supera con
determinación interior y fuerza espiritual.
Cuando aprenden que no pueden
controlar al mundo a su alrededor, pero que son los maestros de sus
propias almas.
Cuando aprenden que las
relaciones mejoran si valoran más la amistad que el ego, el
compromiso que el orgullo, escuchar que aconsejar.
Cuando aprenden a no odiar a
una persona cuya diferencia temen, sino a temer ese tipo de odio.
Cuando aprenden que hay placer
en la fuerza de motivar a otros, no en la falsa fuerza de humillar.
Cuando aprenden que el elogio
de otros es halagador pero sin sentido si no se conjuga con el
respeto a si mismo.
Cuando aprenden que el valor
de una vida se mide mejor no por los años dedicados a acumular
posesiones sino por los momentos dedicados a dar de sí mismo,
compartiendo sabiduría, inspirando esperanza, secando lágrimas y
conmoviendo corazones.
Cuando aprenden que la belleza
de una persona no se ve con los ojos sino con el corazón; y
que aunque el tiempo y las penurias pueden destruir nuestra coraza
exterior, nos pueden mejorar el carácter y la perspectiva.
Cuando aprenden a abstenerse
de juzgar, sabiendo que todas las personas están dotadas de
cualidades y defectos, y que la aparición de unas u otros depende de
la ayuda ofrecida o el daño infligido por otros.
Cuando aprenden que a todas
las personas se les ha dado el don de tener un yo único, y que el
propósito de la vida es compartir lo mejor de ese don con el mundo.
Cuando los niños aprenden
estos ideales y cómo practicarlos en el arte del buen vivir, ya no
son niños... son una bendición para quienes los conozcan, y valiosos
modelos para todo el mundo.
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